Podría ser una nave de un campo de concentración.
También podría ser un barracón de soldados en la mili. Incluso un pabellón de
refugiados. Pero a diferencia de cualquiera de ellos, allí se acude por
decisión propia. Se comparten experiencias, hay cierta camaradería…y también se
“disfruta” de algo que no pocos niegan cometer;
el mundo infinito y variado de los ronquidos.
Llegué reventado al pueblito, Almadén de La Plata creo recordar, una
parada antes de lo previsto ya que se me hizo tarde para llegar al siguiente
donde había reservado una cama, un pueblo también muy pequeñito pero con mucho
encanto, El Real de La Jara. Busqué un albergue y de milagro lo encontré. De noche, en medio de ningún lado, ya había
cerrado, y solo la buena voluntad de dos caditanos que también iban en bici y me dejaron pasar me hizo poder tener un
sitio donde “dormir”. Entrecomillo dormir porque fue lo menos que hice. Una
noche eterna despierto, demasiado cansado para descansar. Así que me dediqué a
observar, o mejor dicho a escuchar.
Antes de esto pude sentir en mis carnes la increíble odisea de
encontrar algún sitio donde cenar algo a las
| Mi casa |
Se vive con la
casa a cuestas, y hay que alicatarla.
En fin, como decía anteriormente, me tiré en esa litera común a
escuchar. En dos horas ya conocía el timbre de cada ronquido. La flautilla del
guiri de la litera de abajo, el terremoto del barbudo de al lado, los suspiros
de las japonesas de enfrente o las vegetaciones de una francesa jubileta. Si no
hubiese estado tan destrozado igual hasta hubiese disfrutado de este mundo al
que nadie pertenece, ya que es universalmente conocido que nadie ronca. Todo el
mundo lo ha visto, pero nadie sabe dónde está. Es el San Borondón de la noche.
| Observatorio nacional del ronquido |
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