sábado, 27 de abril de 2013

IMAGINA UN CICLISTA, UNA AMIGA, UN CADITANO, UN GITANO…




Puede parecer un chiste, pero no lo es. Son esas gentes que, cuando menos te lo esperas, están ahí, para ayudarte, echarte una mano o simplemente reconfortarte.

Horas de soledad
Se sufre mucho cuando la soledad  te encima, y aunque sea una soledad deseada, los problemas hacen que te acuerdes de casa y de tu gente. Muchas veces en el camino, cuando pasas horas y horas sin ver a nadie, sin tener contacto con alguien, piensas cosas, algunas recurrentes. 



Un ejemplo es recordar las tardes tirado como una iguana en el espigón de mi añorada playa de La Cueva, hablando de todo y de nada  con mi amigo Nay, riéndonos un rato con mis colegas Toro e Iván, tomando el sol tan a gusto  en este caso.  Ante este sol avasallador, extraño esos momentos casi a cada segundo. No en vano soy canario, la sal corre por mis venas y siempre, siempre, donde quiera que esté, busco con mis ojos esa imagen familiar y reconfortante del mar en horizonte. 
Playa de la Cueva (San Sebastián de La Gomera)

Me paré a sacar una foto de un letrero del camino. Estaba un poco asustado, sin saber qué hacer ni por donde seguir. De algún lado apareció un ciclista, por lo que iré viendo después un gremio unido y amigo donde los haya.

Me gritó desde lejos, sin tiempo a reaccionar, sin pedir explicaciones ni ayuda. Quizá veía la necesidad en mis ojos:


– ¡La salida está más adelante, a la izquierda!-








El salitre del que formo parte, del que estoy formado, comenzó a brotar de mis ojos, sin que yo pudiese hacer nada por controlarlo, emocionado ante esta inesperada y desinteresada  ayuda.  Quizás era mi forma de aportar  a aquellas gentes, a aquellas tierras llenas ahora de flores. Colaborar con mis lágrimas a la buena intención de la gente anónima con la que me cruzo, haciendo con ellas un poco más fértil estas tierras que me han dado y quitado tanto.
Siempre presente


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