viernes, 31 de mayo de 2013

Extrema. Y Dura

 

Y bella. Y solitaria. Y misteriosa. Y por descubrir. Lo intenté y fracasé. Los lugares, siempre,siempre me sobrepasan. Y que siga siendo así, espero y deseo.

lunes, 27 de mayo de 2013

OLORES, FLORES, COLORES, SONIDOS…Y RECUERDOS


Un camino. Algunas veces duro, otras veces más benévolo. Tierra, albero, arenas sueltas, asfalto monótono, piedras, afiladas unas veces, cantos rodados otras. Cualquiera que fuera el escenario, el marco siempre era el mismo. Flores. Miles, millones. Un gúgol de flores.
Por todos lados asomaban, formando grupos, en cunetas de carreteras y pistas, formando pasillos auténticos donde me sentía un rey entrando en sus dominios. En laderas y planicies, formando borduras en riachuelos, o colgando de taludes. Por todos lados.
Y con cada flor, un color. Y con cada color, un olor. Y con cada olor un recuerdo. Porque no hay nada que evoque más un recuerdo que un olor. Sea sutil o fuerte, agrio o dulce, fuerte o ligero, al pensamiento llegan los recuerdos al instante. Eso hace que el camino se transforme en un deleite de sensaciones, los olores trasportan como nada a otros tiempos, mejores y peores. En mi caso siempre mejores, quizás mi cerebro sea algo selectivo, y se lo agradezco. Experimentar lugares tan bonitos, solitarios, y a la vez retroceder a lugares y momentos ya pasados, por medio de tantos aromas, es algo impagable, por muy trillado que suene. Incluso una mierda de vaca tiene su encanto aromático, si tienes buenos recuerdos del momento en que olfateaste la boñiga. Además de estos, el olor del musgo, la tierra mojada después de la lluvia, la madera recién cortada o el humo de la leña acompañan muchas veces, lo que hace que todo sea mucho más onírico, cuando el cansancio o la preocupación por no perderte dejan tiempo a los placeres, que es en realidad lo que buscas cuando haces un viaje así. Supongo.
También, aunque en mi caso en menor medida, los sonidos pueden transportarte de manera semejante a los olores. ¿Quién no tiene una canción que evoque momentos más o menos dulces de su vida? En mi caso, y casi desde mi salida hasta muy al norte, el sonido que me acompañó constantemente es el de un pájaro peculiar. El cuco. Esquivo a mi vista, oculto entre encinas y alcornoques por el sur, robles, chopos y eucaliptos más al norte, su particular sonido, tan bien imitado por los relojes que toman su nombre, me devuelve a un momento que no recuerdo, salvo cuando oigo a esta particular ave: mis primeros años de vida y la casa de mi abuela, en Mérida. No recuerdo nada más, ni su imagen, ni la casa, nada. Solo el sonido y ese momento, es difícil de explicar. Al igual que estos lugares me recuerdan la primera vez que olí un río, el Guadiana, prácticamente en la misma época. Todo imposible de plasmar en palabras, por eso es tan mágico. Como este viaje.

PS: Una último apunte referente a las flores; como diría mi amigo Katsumoto, podrías pasarte la vida buscando la flor perfecta y no habrías desperdiciado ni un solo momento. TODAS son perfectas. :)


lunes, 20 de mayo de 2013

Gomeros y Duendes



 

El Ciclista regateaba curvas a través de un pequeño sendero perdido, buscando una carretera igualmente perdida y desierta.

Atardecía ya, y su única guía era su apreciada brújula y de fondo el fabuloso pantano, un auténtico mar interior.

Después de muchas vueltas y revueltas, El Ciclista encontró la dichosa cinta negra, en medio de la nada. Pero, inesperadamente, no estaba solo.

-¿Pasaste por ahí? Eres bueno.

El Ciclista estaba perplejo. Un personaje abordado por su propio equipaje lo observaba desde debajo de una tonelada de bultos, al borde de la carretera.

-Sí, por ahí vengo. Es un desvío provisional por las obras de la nueva vía- contestó fascinado el ciclista.

No había visto a nadie en horas, y menos esperaba verlo allí. Era un lugar solitario, la nueva vía absorbía todo tráfico, humano o no.

-¿Tienes algo de comer?-preguntó el Personaje.

-Si, creo que tengo una naranja. -El Ciclista se la ofreció y el Personaje la comió con avidez. Era bajo, de tez morena y curtida, y dientes dispares. Usaba guantes de obra, demasiado grandes y que habían pasado por mejores épocas. Una gorra con bastante uso coronaba su cabeza, y una sonrisa curiosa asomaba en su boca, dándole un aspecto bastante simpático a su cara.

-¿De donde eres?- preguntó el ciclista- .Creo que eres argentino. Yo soy de Canarias.

-Ah, de canarias. Allí hay mucha fruta ¿verdad? Yo soy del mundo.

El Ciclista observaba perplejo y divertido. Una gigantesca bandera de España coronaba todas sus pertenencias. “Es para que me vean mejor, es amarilla” contestó a la pregunta del Ciclista del porqué de la bandera.

-Deberías irte a Sudamérica. Hay un barco que sale de Vigo, puedes subir con tu bici y llegar a México, allí no tienes problemas con aduanas ni con nada. Es muy bonito, hay mucha fruta bu-bu-bu-bu-buena en Sudamérica.- Comenzó un discurso atorrollado sobre fruta  y la belleza en el nuevo continente, con un tartamudeo persistente y por momentos casi cómico.

-Yo estoy buscando trabajo. Por aquí. Si…

-Pues buena suerte amigo, yo tengo que continuar. Me pensaré lo de Vigo y ese barco, que tengas suerte en tu búsqueda.

-Suerte a ti en la tuya. Encontrarás lo que buscas. Y gracias por la naranja, es buena. Para hidratarte.

 

Y así se separaron los extraños compañeros de caminos. El Ciclista siguió pensando durante mucho rato sobre las extrañas circunstancias del encuentro. Solo mucho rato después, el Ciclista comprendió. Se había cruzado con un duende del camino. El Duende de la Aventura. Y sonrió.

 

domingo, 19 de mayo de 2013

Islas y hermanamientos




La Ruta de La Plata transcurre por lugares de ensueño. Y la primavera se encarga de hacerla más fascinante aún. Si bien la calzada propiamente dicha se deja ver en contadas ocasiones como tal, (esto es, una vía romana empedrada, de esas de cuentos y películas) el resto del paisaje es un deleite. Desde dehesas cuajadas de flores, alcornoques inmensos, encinares, zonas de pastos a día de hoy llenos de hierba que llega a los hombros, campos de cultivo de todo tipo, vides, zonas de montaña con nieve aún en mayo, multitud, cientos de riachuelos helados (que por cierto, habitualmente hay que sortear), pantanos tan grandes como mares, zonas inundadas formando marismas como espejos, donde todo tipo de aves viven ajenos a los que por allí pasamos…en fin, simplemente algo grandioso, espectacular. No obstante, no todo es tan agradable. Como ya dije anteriormente, el propio camino mucha veces pasa de ser una pista de tierra perfectamente llana y apisonada, a una vía un poco más complicada pero aún agradable para una bici, y de ahí a un camino apto para andar pero complicado para bici y así….hasta que te encuentras con auténticas trialeras de piedra rota y afilada, zonas inundadas, barro intransitable, vadeos de ríos casi imposibles…o la propia carretera N-630, algunas veces salvadora, otras una tortura. Todo esto es salvable, si no, no podría contarlo. Pero hay otra cosa que podría ser peor en caso de no ser tolerada. Y es la soledad. La Vía de La Plata, sobre todo desde Sevilla hasta Mérida o incluso Cáceres, es muy solitaria. Nada que ver con los caminos del norte, según me han contado. Las circunstancias de por qué es así son muchas (pueblos muy distanciados entre sí, muy extremo en cuanto a temperaturas, paisajes más monótonos [en mi caso no me lo parecen], menos fama, más kilómetros, menos infraestructuras, en principio no era camino a Santiago sino una vía romana de comercio norte-sur, etc), y todo esto hace que puedas pasar muchos kilómetros y horas sin ver a nadie. Por lo tanto, tienes mucho tiempo para pensar, que puede ser bueno. Pero también puede ser malo. En caso de ir en bici  solo esto se acentúa. El miedo a caerte, a romper algo, enfermar, cualquier cosa. Con calor o frío extremo (he pasado por las dos cosas), la cabeza juega malas pasadas, que hay que controlar. Es fácil encontrarte pensando en un golpe de calor y solo en medio de la nada, o que anochezca con frío intenso mientras sigues buscando tu reposo por el camino. También el poder perderte por esos andurriales de dios, sin luz para volver a la vereda…

Son cosas que en realidad pueden pasar, pero que con el paso de los días te das cuenta de que, siendo precavido, teniendo un poco de sentido común, son solo fantasmas que tú mismo creas. Las cosas, al final, suelen salir bien.
Las cosas con calma


Otra cosa sobre los ciclistas. La soledad no se ciñe solamente a los caminos. Se agarra a ti y te atrapa incluso en los albergues. No me refiero a que estés solo, claro que no (aunque puede pasar). Generalmente siempre encuentras a gente, de todo tipo y por lo general amable, integradora, con ganas de compartir y ayudar en lo posible. Cosa que, personalmente he comprobado, se acentúa más si vas solo. Pero, a parte de que mayoritariamente suelen ser extranjeros, con las distancias culturales y afectivas que nos separan, suelen ser grupos que, o han partido juntos, o bien son gentes que han salido solos, pero que han compartido horas o días de camino y albergues. Tú, como ciclista, llegas, conoces, compartes y te despides a diario. Así es muy difícil congeniar completamente con alguien, y cuando ocurre debes estar preparado para la despedida apresurada, y generalmente, no deseada. Te quedan ganas de seguir con ellos, compartir paisajes, cenas, risas, vivencias e historias…en definitiva, camino. Pero debes partir, y adelantarlos. Y te sientes solo, aunque debes enfocar que, igual más adelante, estarán otros. Como la vida misma. Porque el camino es, en verdad, pura vida.

Así, una de tantas veces, conocí a mi hermano Francisco.

Llegué al albergue de Oliva de Plasencia, agotado como siempre, después de haberme equivocado y haberme salido hasta Plasencia, que está fuera de la ruta. Al final, las cosas ocurren de la manera que ocurren, y esta vez agradezco que fuese así. Si no, igual me hubiese saltado este sitio y no hubiese conocido a este grupo de gente. Entre ellos, como digo, estaba Francisco.

Al llegar al lugar, fundido o lo siguiente, y empezar a hablar con la hospitalera, como siempre, me preguntó de que lugar era (cosas del acento). Ella dialogaba con un señor, que me observada desinteresadamente. Le dije que de Canarias, de La Gomera en particular, y entonces fue cuando tronó Francisco.

-¡Hombre, de La Gomera! ¡Eres mi hermano, estamos hermanados! Yo soy Francisco, y soy de Palos de La Frontera, de “Huerva”!

A partir de ahí comenzó una agradable conversación que concluyó con una petición por mi parte.

-Francisco, me gustaría pedirte un favor. Es que llevo muchos días cenando solo y me gustaría poder compartir cena con alguien, poder charlar un rato y…

-¡Hombre pero por favor!-Volvió a vocear Francisco-. Claro que puedes, te vienes conmigo y con mi compañero de habitación, y pon tus cosas con las nuestras que te quedas con nosotros que sobra una cama. Arriba hay más camas libres, pero roncan mucho- Me dijo socarronamente (el Fascinante y Horroroso Mundo de los Ronquidos nuevamente)

-Muchas gracias.

-¡De nada hombre! Para lo que haga falta. Somos hermanos.

De nuevo la hospitalidad de los que transitan los caminos. Te dejan sin habla, con las emociones a flor de piel. No sabía que decir, igual tantas horas solo me anulan el don de la palabra, o igual estas cosas, simplemente me superan.

Su compañero resultó ser un señor italiano muy agradable. Fuimos a cenar a las ocho, para mi es la hora de la merienda. Se nos unieron dos cántabros muy simpáticos, hablamos mucho, uno de ellos había estado en casi todas las islas, el otro en Tenerife. Cenamos en uno de los dos únicos bares del pueblo, puro bar de la España profunda, y Extremadura más profunda aún. Señores que discutían a plena voz cual gañanes, intentando comprar uno a otro una burra vete a saber con que intenciones (yo si las sé, las dijo en alto y se oyó hasta en Puerto Pajares), otros jugando a las cartas y casi agarrándose a darse piñas por un partido de fútbol.

Todo esto, debidamente oculto de miradas insidiosas de cualquier espectador, que no existía, por el omnipresente visillo, gran protagonista, entre otros, de los pueblos y puertas de la España rural.

Al terminar volvimos al bonito albergue, donde otro variopinto grupo cenaba tortilla con espárragos que habían recolectado por el camino.

Estuvimos charlando un buen rato, aunque siempre poco, haciéndonos fotos, durante una agradable velada. Estos condenados peregrinos tienen la (ponga aquí su palabra) costumbre de acostarse pronto y despertarse más pronto todavía. Para sufrimiento mío.

Frío y belleza en la dehesa :)
El día siguiente amaneció gélido. Todos partieron entre las seis y media y las siete. Ni jarto vino salgo yo a esa hora. Es malo para la salud de Soñadora e Igor.

Me levanté después de ellos partir, por lo que no pudimos despedirnos. Odio las despedidas. Mentira. Sabía que los alcanzaría por el camino, todos iban a ir al arco de Cáparra, a hacer fotos. Es un arco romano, y la Vía pasa por debajo. Desayuné, me puse casi toda la ropa que tenía y recé a los dioses si existen. Deben existir, porque pasé por la primera finca de toros bravos que me había encontrado, con mi flamante chubasquero recién estrenado color…rojo chillón. Y aquí sigo, ni toros, ni frío, ni agua ni nieve. Los dioses deben estar locos.

Arco de Cáparra
Me encontré con varios de ellos en el arco, nos hicimos fotos y nos despedimos. Una pareja belga flipaba con el frío que hacía, yo flipaba con que ellos flipasen, y a la vez moría lentamente y poquito a poquito…joder, Extremadura, primavera, y dos belgas tiritando. Surrealista.

Como canario acostumbrado al frío y las heladas que soy, tire pa´lante, ya sin dedos útiles en las manos, por uno de los lugares más bellos y espectaculares con que me he topado. Una dehesa verde e inmensa, con una cordillera nevada de fondo, en un marco de cielo azul primaveral, digno del mejor capítulo de Heidi. Discurría por un pasillo casi abovedado de encinas que me rozaban el casco. Allí, al final, encontré a Francisco y el señor italiano, pasando una verja. Los saludé, y pasé con ellos. Dos enormes toros bramaban desde lados opuestos del vallado, intentando demostrar, supongo, quién mandaba allí. Me hice algunas fotos con mi hermano de Huelva, e iba a disponerme a afrontar de nuevo la soledad del ciclista en la ruta. Sin embargo, esta vez sería diferente. Francisco me emplazó a volver a vernos algún día, me ofreció su casa en Palos de Frontera para cuando quisiese. Allí tendría a su hermano. Yo, por supuesto, ante tal grado de amabilidad y hospitalidad desinteresada no pude sino hacer lo mismo, y ofrecerme a hacer de guía y amigo si algún día iba a su isla hermana. Me dijo que lo haría, que tenía muchas ganas. Fue entonces cuando me contó algo que me hizo meditar mucho, aun lo hace. Estando en Tenerife en un viaje, no había podido visitar La Gomera. Recientemente había perdido un ser querido, y buscaba descansar con su familia, intentar salir delante de alguna manera. No olvidar, como bien me dijo y bien sé, porque eso se lleva dentro para siempre.

-Pero Él va aquí, conmigo. Camina a mi lado- Me soltó sin yo esperarlo. El corazón me dio tal vuelco que solo acerté a darle un abrazo y despedirme, deseándonos lo mejor y volver a vernos. Buen camino amigo.

“Va aquí, conmigo…” Las palabras se repetían…siempre pasa, igual soy muy insistente con esto, pero cuando algo te llega, en este lugar se magnifica.

“Va aquí, conmigo…” después de días de perros, enfermedades, calor y frío, inseguridades y muchas más cosas, llegué al fin de Extremadura con las alforjas más ligeras, me sentía mejor, optimista. Soñadora va perfecta, seguimos adelante sin incidentes graves. Y me pregunto: ¿acaso me acompañáis los dos? ¿Acaso ahora vuelas a  mi lado, dejando atrás aquellas maltrechas rodillas que no te dejaban moverte, mi señora? ¿Acaso corres tú, hermano mío, a través de estas tierras, vigilándome, buscando comigo el norte, y con ello ese Gran Azul que tanto amamos, y que te apartó de mi lado? Así lo siento yo ahora. Quizás son los síntomas de la soledad…

Bendita soledad








sábado, 11 de mayo de 2013

Mimados por el Sol



Me tostaba bajo un sol implacable e inhabitual por el mes de abril a través de carreteras extremeñas. La dehesa me arropaba con un susurro de quietud, los buitres formaban círculos, quizás oliendo mi próximo fin, enfermo, dolorido, achicharrado, sin fuerzas...



Preciosas estas tierras, el fuerte sol parece ejercer de imán sobre los pastos y flores, atrayéndolas hacia sí como un padre atrae a sus hijas. Olía a flores, pero también a muerte. Un perro atropellado me sonreía desde una cuneta, su cortejo un porrón de gusanos hartos y tan hinchados como él.

Subía una pista a las, calculo, tres de la tarde de un abril calenturiento de Extremadura, que puede ser calenturiento en verdad. Uno suele pensar que Extremadura es una gran extensión, una tremenda planicie sin subidas ni bajadas...mis cojines. A las 3 de la tarde y con 35 grados, cada ondulación del terreno es el Tourmalet. Y aquí las hay a patadas. Ir cargado como un mulo por pistas reventadas por las últimas lluvias tampoco ayuda. En fin...


Enfilaba una de esos tremendos toboganes tan típicos aquí, cuando visualicé a varios trabajadores del campo, primera gente que veía en horas. Ellos estaban en su labor, yo estaba en trance, sin ganas de pararme a hablar ni preguntar, ni parar. Ante mi impresionante aproximación, mi imparable pedalear y una densa polvareda que dejaba atrás (todo mentira),  uno de los susodichos levantó su cabeza de la faena:

-¡¡¡¡Achooooo, ponhle un motóoooo a la bijicleta, pa la cuejhtaaaaa!!!!!...

- Soñadora -pensé-, creo que ya no estamos es Kansas.


lunes, 6 de mayo de 2013

Buscando mi Norte. Gracias JuanCarlos


Mi nuevo amigo Gelito (no confundir con Chelito)


A 80 CÉNTIMOS…



80 céntimos, 80 céntimos, 80 céntimos…. Esas palabras retumbaban como un eco absurdo en mi cabeza, durante buena parte del camino.

Entré en Cazadilla de Los Barros creo recordar, después de una noche de pesadilla, deshidratado, cada momento peor, la enfermedad no me abandonaba, al revés, cada vez me acompañaba más, ya éramos íntimos. El ambiente era festivo, comuniones creo recordar en la niebla que perturbaba mi mente. Buscaba una tiendecita donde  poder reponer líquidos, el jodido calor y los vómitos me hicieron beberme hasta la última gota de todo lo que tenía.

Encontré una venta de las de antes. Los niños se arremolinaban en torno al mostrador, donde un alegre señor cantaba las chucherías que tenía, lo que se llevaba cada uno y su precio. Era más un juego que una venta de productos, algo que había visto en alguna peli y que en cierta manera me recordaba a mi niñez, aunque no exactamente igual.

Entré, aturdido pero con una sonrisa al ver a los niños tan alegres con aquel ritual que supuse realizaban cada fin de semana. Con que poco son felices. Una amable señora me atendió

-¿Qué desea?-me disparó la señora. Me cuesta acostumbrarme a que me traten de usted, pero tengo una edad, supongo, y una barba del carajo, y una cara de zombie que por poco no me deja a la altura de ilustrísimo.
-Un aquarius por favor-le rogué más que pedí.- Si tiene usted, claro.
-Claro que sí. Y fresquito.

La señora me trajo el refresco con cara de satisfacción, siempre sonriente. No sé si era la alegría de los niños y el señor, contagiosa a más no poder, o ver mi aspecto. Vete a saber.

-Muchas gracias. Dígame que le debo.
-80 céntimos- Cantó ella tan alegre.
-¿80 céntimos?-Mi cara de perplejidad debería ser de absoluta, pues ella sonrió aún más. Llevaba varios días por Madrid, otros tantos por Sevilla y algunos años por Canarias, y ya ni recuerdo cuando un aquarius había bajado de un euro en un local que no fuese una gran superficie comercial. Un euro, o mucho más.

-Sí, 80 céntimos. Es que aquí vienen muchos niños, y no me gusta cobrarles mucho.

Esa muestra de sinceridad, que podría haberse ahorrado conmigo, me dejó seco. Más seco aún. La señora, muy coloradita y regordeta ella, no parecía estar pasando penurias por tener sus productos a precios razonables. Me hizo pensar muchas cosas, aunque solo alcancé a decirle:

-Deberían haber muchas más personas como usted.
-Gracias, una es como es y ya está.
-Hasta luego y buen día.

-Buen camino.

Además, de honestidad, la buena señora demostraba humildad. Las palabras me siguieron acompañando  durante muchos kilómetros: 80céntimos, 80céntimos, 80céntimos….

viernes, 3 de mayo de 2013

Sobre cosas que pasan en los albergues...



Podría ser una nave de un campo de concentración. También podría ser un barracón de soldados en la mili. Incluso un pabellón de refugiados. Pero a diferencia de cualquiera de ellos, allí se acude por decisión propia. Se comparten experiencias, hay cierta camaradería…y también se “disfruta” de algo que no pocos niegan cometer;  el mundo infinito y variado de los ronquidos.

Llegué reventado al pueblito, Almadén de La Plata creo recordar, una parada antes de lo previsto ya que se me hizo tarde para llegar al siguiente donde había reservado una cama, un pueblo también muy pequeñito pero con mucho encanto, El Real de La Jara. Busqué un  albergue y de milagro lo encontré. De  noche, en medio de ningún lado, ya había cerrado, y solo la buena voluntad de dos caditanos que también iban en bici  y me dejaron pasar me hizo poder tener un sitio donde “dormir”. Entrecomillo dormir porque fue lo menos que hice. Una noche eterna despierto, demasiado cansado para descansar. Así que me dediqué a observar, o mejor dicho a escuchar.

Antes de esto pude sentir en mis carnes la increíble odisea de encontrar algún sitio donde cenar algo a las
Mi casa
23:00 de un jueves, en un pueblo cualquiera de la España profunda. Un ejercicio de locura asegurada, observar a los lugareños ebrios a punto de irse a acostar, ver a un perro flaco y barbudo con acento marciano pedir un serranito en lugar de un anís. Absolutamente surrealista. Además, me esperaba mi colada para antes de dormir. 

Se vive con la casa a cuestas, y hay que alicatarla.





En fin, como decía anteriormente, me tiré en esa litera común a escuchar. En dos horas ya conocía el timbre de cada ronquido. La flautilla del guiri de la litera de abajo, el terremoto del barbudo de al lado, los suspiros de las japonesas de enfrente o las vegetaciones de una francesa jubileta. Si no hubiese estado tan destrozado igual hasta hubiese disfrutado de este mundo al que nadie pertenece, ya que es universalmente conocido que nadie ronca. Todo el mundo lo ha visto, pero nadie sabe dónde está. Es el San Borondón de la noche.
Observatorio nacional del ronquido