domingo, 16 de junio de 2013

Momentos mágicos



El frío azotaba mi cara; el viento, la nieve, la lluvia y el granizo me acompañaban desde hacía días, aunque los buenos momentos que pasaría en albergues como el de Fuenterroble, con el padre Blas y compañía hacían que cualquier cosa valiese la pena. Entrañable lugar éste, el más auténtico de todos los albergues, el más parecido a lo que me imaginación había estructurado en la lavadora que tengo por cerebro antes de llegar a estos lugares.
Llegué a él después de una terrible subida al precioso puerto de Béjar, donde una auténtica ventisca amenazó con dejarme sin dedos, nariz y orejas. Una gasolinera me salvó el pellejo. En realidad el café con leche que allí tomé y los guantes de obra que pude comprar para salvar un poco las tremendas condiciones con las que me estaba recibiendo Castilla y León.  La sierra de ¿¿ ¿?? Es un lugar precioso, difícil de ubicar donde uno imagina planicies y más planicies, cosas del desconocimiento de la topografía de estas dos comunidades,  las grandes olvidadas podría decirse.
Como cerca del camino me quedaba Guijuelo, decidí desviarme en medio del Apocalipsis, a probar algo de sus famosos jamones. Obviamente me perdí, me congelé, y como siempre, alguien acudió en mi ayuda. Conseguí llegar a Béjar, donde por supuesto después de haberme nevado, granizado y llovido, la oficina turismo estaba cerrada. Lo cual significaba que tenía que recorrer  toda la ciudad (con sus importantes cuestas) debajo del diluvio hasta el ayuntamiento, rezando para que no cerrasen, ya que eran casi las dos de la tarde. Aquí me ocurrió uno de esos momentos que quedan grabados, que merecen todo lo que ocurra en cuanto a incomodidades, porque al final reconfortan y dan sentido a todo esto.
Llegué escurriendo y entumido de frío al ayuntamiento, y me  colé sin miramientos buscando un poco de calefacción que me secara y me diera un poco de vida en brazos piernas y cara.  Aguardé  y  rateé un poco en la cola que había para hablar con los funcionarios,  dejando que algunos se me colaran con tal de estarme un rato más adentro y así secarme,  mientras pensaba que decir para alargar en lo posible la conversación con la misma intención. Pero un policía municipal no tenía las mismas intenciones.
-Hola buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
Vaya, me había estropeado en parte el plan, supongo que vio en mi cara mucha necesidad.
-Buenos días, por decir algo. La verdad es que espero que sí pueda ayudarme. Buscaba información sobre Béjar, y también sobre las carreteras de salida hacia el norte-. Tanto estudio previo y no supe que más decir. El frío congelaba mis neuronas.
-Estás haciendo la Ruta de La Plata-afirmó más que preguntó-. Te habrá caído la de dios. Pasa por aquí y miramos a ver en qué puedo ayudarte, y luego si tienes hambre te voy a llevar a un sitio donde por un euro podrás comer pizza recién hecha.
Estaba bastante estupefacto. Tanta amabilidad, por parte de un policía y sin casi solicitárselo me resultaba muy extraño y reconfortante. Está claro que un viajero solo y en dificultades despierta compasión. Sigue habiendo buena gente en el mundo.
Ana y mi café con leche :) Mil gracias
Repasamos unos mapas tremendos que tenían guardados en el ayuntamiento, el amable policía los rescató de una pared en obras. Eran mucho más de lo que yo necesitaba, a la par que inmensos, por lo que no podía (ni creo que me dejaran) cargar con ellos, así que acepté un folleto bastante más pequeño, e intenté memorizar en lo que pude carreteras y caminos hasta el siguiente pueblo. A continuación, mi amable benefactor se ofreció a llevarme a una tiendita donde una amiga suya acababa de hornear una pizza de dimensiones colosales, para poder así comer algo y calentar el cuerpo. Me quedaba aun un buen tramo de lluvia, cuestas y frío hasta Fuenterroble.
-Es aquí. Espera que la aviso. ¡Ana! Dale un trozo de pizza de esa tan buena al amigo ciclista, que viene de muy lejos. Venga, pasa que yo te vigilo la bici, come sin prisas.
…El tipo se quedaba afuera vigilándome a Soñadora. No me lo podía creer. Claro, ante una belleza como esa, tan noble y valiente, cualquiera, pensé. Querrá ligar. Pero ella me es fiel, seguro.
-Muchas gracias,  pero no es necesario.  No creo que pase nada, menos con este tiempo. ¿Quién querría montar en bici un día como hoy? “Solo los pirados”
-Insisto. Come con tranquilidad, que yo me quedo afuera.
-Muchas gracias. Eres muy amable, disculpa si ofendo, pero no es común entre los de tu gremio este tipo de atenciones-.  Quizá sobró el comentario, pero así han sido mis experiencias. O habían sido, hasta estos días.  El tipo sonrió. Su mirada de complicidad decía que me entendía.
-No puedo responder por lo que hacen los demás, pero yo en lo que pueda, siempre ayudaré a el que pueda necesitarlo.
Entré en la tiendita, pequeñita. Ana, la dueña me atendió maravillosamente bien. Hablamos de lo difícil que eran estos tiempos, en especial para los negocios como el de ella. Le comenté que era la tónica que me iba encontrando en todos los pueblos de sur a norte. Al poco de comerme el maravilloso y generoso trozo de pizza  al horno (que repetí) apareció su pareja Pepe. Estuvimos hablando de todo un poco, les conté mi odisea del día.
-Vaya hombre. Si llega a ser hace un rato, que me vine de casa, te hubiese regalado mis guantes. Están sin usar casi, te hacen más falta que a mí. Una lástima. Pero deja que te invitemos a un café con leche y unas roscas. Están recién hechas.
Otra muestra de ¿cómo llamarlo? Amabilidad, generosidad, no sé. Ana se metió en su casa a hacer café solo para mí, Pepe me daba las roscas y yo no sabía cómo agradecerlo.  Solo desde aquí, recordándolo y desde dentro de mí, para siempre.
Salí de allí encantado, lleno, no sé cómo explicarlo. Joder, es una sensación cojonuda, por mucho que se repita. El amable policía de Béjar me acompañó a la salida, y me explicó el recorrido. Le agradecía unas cincuenta veces más por todo, y partí. Aunque antes, con mis dedos agarrotados por el frío, destrocé mi cámara de fotos. Daba igual. Había llamado al padre Blas, hospitalero del albergue de Fuenterroble, para preguntar si tenía plaza libre, aunque iba a llegar un poco tarde.
-Claro que si, sin problema. Tú tienes plaza siempre, en mi alma y mi corazón.
Se me escapó una sonrisa.
-Pues voy pa allá como un tiro.
¿Cómo coño me iba a importar una jodida cámara ante un día como ese?
El generoso amigo Pepe

miércoles, 5 de junio de 2013

Sucesos. ¿Casualidad o causalidad?




Me acercaba al pueblo Extremeño de Cañaveral, navegando por un mar de altas jaras que formaban un
Subida al puerto de Los Castaños
pasillo muy curioso.  Un auténtico mar de flores adornaba una impresionante selva compuesta por esta planta, y me imaginaba que un igualmente impresionante polvorín se formaría allí en cuanto éstas empezasen a secarse.
Mientras bajaba por un precioso y no muy apto sendero, entre roca caliza desgastada y gris, pensaba en el encuentro que había tenido con un ciclista unos kilómetros atrás. Me contó no sé qué paranoia sobre duendes, caminos perdidos, Sudamérica, casualidades y sueños. Y fruta. Creí que igual se había pasado con los brownis aderezados con sustancias raras, así que no le hice mucho caso y continué mi camino.


Cañaveral era el sitio donde tenía planeado pasar la noche, pero, casualidad, no tenía albergue desde hacía dos años. Así que decidí no pagar un hotel que se iba a aprovechar de mi necesidad y continué hacia el siguiente pueblo, por un sendero cuyas empinadas cuestas parecían querer colgarse de las nubes. Se llamaba Grimaldo, según me dijeron, un pueblito o aldea de unos ochenta habitantes. Yo creo que ocho les haría más justicia.


Culito de Soñadora




Después de perderme varias veces por un bosque de pinos entre ríos, riachuelos y verjas varias, alcancé el albergue.  Una antigua casa de maestros rehabilitada, en ella experimenté por primera vez la sensación de ser un peregrino, de transportarme a otras épocas. Pequeñito y bastante espartano, sin embargo todo lo que esperaba y buscaba. Lo que siempre imaginé.
Fuertegrimaldo

Conocí al dueño del bar inevitablemente adosado al albergue, que se ofreció a guardarme la bici. Mientras conversaba con su hijo tomando un refresco, se acercó un señor mayor. Conversábamos sobre el tiempo. Hacía calor pero el tiempo cambiaba rápidamente,  los cuatro o cinco días de bochorno continuados desde que salí de Sevilla iban a ser abruptamente interrumpidos por frío, lluvia y nieve hasta el final de mi escapada. Pero esta es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.
Después de un rato de charla, el señor mayor me abordó.
-Hace un par de días estuve hablando con un canario. Si, un señor de unos cincuenta años, hablamos sobre los pimientos picantes y dulces. Muy agradable, sí señor.
-Ah, mira, que casualidad-contesté alegre de la coincidencia y de la charla.
-Sí, te llevará unos 3 días de ventaja, pero va a pié, igual lo pillas. De La Gomera era…
Me hubiese gustado ver mi cara. ¿Otro gomero en un sitio tan lejano, casi a la vez en el tiempo, hablando con las mismas personas, haciendo la misma cosa? La casualidad me alcanzaba de nuevo, mientras fuera las nubes hacían reunión sobre nuestras cabezas.
-Señor, creo que se equivoca. Igual me oyó decir que era de allí, pero el gomero soy yo.
-No, ese señor tenía más edad, y era de La Gomera, hablamos mucho rato sobre cultivos y pimientos…

¡Jodidos pimientos! Estaba atónito. ¿Cómo podía ser tanta casualidad? Decidí ir en su busca desde el día siguiente. Tenía que saber quién era, como podía haber un loco tan grande, venir desde tan lejos a caminar solo por estos solitarios caminos. Que falta de juicio.  Casualidades, casualidades, casualidades...Así que, a partir de ese día preguntaría en todos los albergues y oficinas de turismo por semejante insensato.
Apoteósica y memorable entrada a Grimaldo :P


viernes, 31 de mayo de 2013

Extrema. Y Dura

 

Y bella. Y solitaria. Y misteriosa. Y por descubrir. Lo intenté y fracasé. Los lugares, siempre,siempre me sobrepasan. Y que siga siendo así, espero y deseo.

lunes, 27 de mayo de 2013

OLORES, FLORES, COLORES, SONIDOS…Y RECUERDOS


Un camino. Algunas veces duro, otras veces más benévolo. Tierra, albero, arenas sueltas, asfalto monótono, piedras, afiladas unas veces, cantos rodados otras. Cualquiera que fuera el escenario, el marco siempre era el mismo. Flores. Miles, millones. Un gúgol de flores.
Por todos lados asomaban, formando grupos, en cunetas de carreteras y pistas, formando pasillos auténticos donde me sentía un rey entrando en sus dominios. En laderas y planicies, formando borduras en riachuelos, o colgando de taludes. Por todos lados.
Y con cada flor, un color. Y con cada color, un olor. Y con cada olor un recuerdo. Porque no hay nada que evoque más un recuerdo que un olor. Sea sutil o fuerte, agrio o dulce, fuerte o ligero, al pensamiento llegan los recuerdos al instante. Eso hace que el camino se transforme en un deleite de sensaciones, los olores trasportan como nada a otros tiempos, mejores y peores. En mi caso siempre mejores, quizás mi cerebro sea algo selectivo, y se lo agradezco. Experimentar lugares tan bonitos, solitarios, y a la vez retroceder a lugares y momentos ya pasados, por medio de tantos aromas, es algo impagable, por muy trillado que suene. Incluso una mierda de vaca tiene su encanto aromático, si tienes buenos recuerdos del momento en que olfateaste la boñiga. Además de estos, el olor del musgo, la tierra mojada después de la lluvia, la madera recién cortada o el humo de la leña acompañan muchas veces, lo que hace que todo sea mucho más onírico, cuando el cansancio o la preocupación por no perderte dejan tiempo a los placeres, que es en realidad lo que buscas cuando haces un viaje así. Supongo.
También, aunque en mi caso en menor medida, los sonidos pueden transportarte de manera semejante a los olores. ¿Quién no tiene una canción que evoque momentos más o menos dulces de su vida? En mi caso, y casi desde mi salida hasta muy al norte, el sonido que me acompañó constantemente es el de un pájaro peculiar. El cuco. Esquivo a mi vista, oculto entre encinas y alcornoques por el sur, robles, chopos y eucaliptos más al norte, su particular sonido, tan bien imitado por los relojes que toman su nombre, me devuelve a un momento que no recuerdo, salvo cuando oigo a esta particular ave: mis primeros años de vida y la casa de mi abuela, en Mérida. No recuerdo nada más, ni su imagen, ni la casa, nada. Solo el sonido y ese momento, es difícil de explicar. Al igual que estos lugares me recuerdan la primera vez que olí un río, el Guadiana, prácticamente en la misma época. Todo imposible de plasmar en palabras, por eso es tan mágico. Como este viaje.

PS: Una último apunte referente a las flores; como diría mi amigo Katsumoto, podrías pasarte la vida buscando la flor perfecta y no habrías desperdiciado ni un solo momento. TODAS son perfectas. :)


lunes, 20 de mayo de 2013

Gomeros y Duendes



 

El Ciclista regateaba curvas a través de un pequeño sendero perdido, buscando una carretera igualmente perdida y desierta.

Atardecía ya, y su única guía era su apreciada brújula y de fondo el fabuloso pantano, un auténtico mar interior.

Después de muchas vueltas y revueltas, El Ciclista encontró la dichosa cinta negra, en medio de la nada. Pero, inesperadamente, no estaba solo.

-¿Pasaste por ahí? Eres bueno.

El Ciclista estaba perplejo. Un personaje abordado por su propio equipaje lo observaba desde debajo de una tonelada de bultos, al borde de la carretera.

-Sí, por ahí vengo. Es un desvío provisional por las obras de la nueva vía- contestó fascinado el ciclista.

No había visto a nadie en horas, y menos esperaba verlo allí. Era un lugar solitario, la nueva vía absorbía todo tráfico, humano o no.

-¿Tienes algo de comer?-preguntó el Personaje.

-Si, creo que tengo una naranja. -El Ciclista se la ofreció y el Personaje la comió con avidez. Era bajo, de tez morena y curtida, y dientes dispares. Usaba guantes de obra, demasiado grandes y que habían pasado por mejores épocas. Una gorra con bastante uso coronaba su cabeza, y una sonrisa curiosa asomaba en su boca, dándole un aspecto bastante simpático a su cara.

-¿De donde eres?- preguntó el ciclista- .Creo que eres argentino. Yo soy de Canarias.

-Ah, de canarias. Allí hay mucha fruta ¿verdad? Yo soy del mundo.

El Ciclista observaba perplejo y divertido. Una gigantesca bandera de España coronaba todas sus pertenencias. “Es para que me vean mejor, es amarilla” contestó a la pregunta del Ciclista del porqué de la bandera.

-Deberías irte a Sudamérica. Hay un barco que sale de Vigo, puedes subir con tu bici y llegar a México, allí no tienes problemas con aduanas ni con nada. Es muy bonito, hay mucha fruta bu-bu-bu-bu-buena en Sudamérica.- Comenzó un discurso atorrollado sobre fruta  y la belleza en el nuevo continente, con un tartamudeo persistente y por momentos casi cómico.

-Yo estoy buscando trabajo. Por aquí. Si…

-Pues buena suerte amigo, yo tengo que continuar. Me pensaré lo de Vigo y ese barco, que tengas suerte en tu búsqueda.

-Suerte a ti en la tuya. Encontrarás lo que buscas. Y gracias por la naranja, es buena. Para hidratarte.

 

Y así se separaron los extraños compañeros de caminos. El Ciclista siguió pensando durante mucho rato sobre las extrañas circunstancias del encuentro. Solo mucho rato después, el Ciclista comprendió. Se había cruzado con un duende del camino. El Duende de la Aventura. Y sonrió.

 

domingo, 19 de mayo de 2013

Islas y hermanamientos




La Ruta de La Plata transcurre por lugares de ensueño. Y la primavera se encarga de hacerla más fascinante aún. Si bien la calzada propiamente dicha se deja ver en contadas ocasiones como tal, (esto es, una vía romana empedrada, de esas de cuentos y películas) el resto del paisaje es un deleite. Desde dehesas cuajadas de flores, alcornoques inmensos, encinares, zonas de pastos a día de hoy llenos de hierba que llega a los hombros, campos de cultivo de todo tipo, vides, zonas de montaña con nieve aún en mayo, multitud, cientos de riachuelos helados (que por cierto, habitualmente hay que sortear), pantanos tan grandes como mares, zonas inundadas formando marismas como espejos, donde todo tipo de aves viven ajenos a los que por allí pasamos…en fin, simplemente algo grandioso, espectacular. No obstante, no todo es tan agradable. Como ya dije anteriormente, el propio camino mucha veces pasa de ser una pista de tierra perfectamente llana y apisonada, a una vía un poco más complicada pero aún agradable para una bici, y de ahí a un camino apto para andar pero complicado para bici y así….hasta que te encuentras con auténticas trialeras de piedra rota y afilada, zonas inundadas, barro intransitable, vadeos de ríos casi imposibles…o la propia carretera N-630, algunas veces salvadora, otras una tortura. Todo esto es salvable, si no, no podría contarlo. Pero hay otra cosa que podría ser peor en caso de no ser tolerada. Y es la soledad. La Vía de La Plata, sobre todo desde Sevilla hasta Mérida o incluso Cáceres, es muy solitaria. Nada que ver con los caminos del norte, según me han contado. Las circunstancias de por qué es así son muchas (pueblos muy distanciados entre sí, muy extremo en cuanto a temperaturas, paisajes más monótonos [en mi caso no me lo parecen], menos fama, más kilómetros, menos infraestructuras, en principio no era camino a Santiago sino una vía romana de comercio norte-sur, etc), y todo esto hace que puedas pasar muchos kilómetros y horas sin ver a nadie. Por lo tanto, tienes mucho tiempo para pensar, que puede ser bueno. Pero también puede ser malo. En caso de ir en bici  solo esto se acentúa. El miedo a caerte, a romper algo, enfermar, cualquier cosa. Con calor o frío extremo (he pasado por las dos cosas), la cabeza juega malas pasadas, que hay que controlar. Es fácil encontrarte pensando en un golpe de calor y solo en medio de la nada, o que anochezca con frío intenso mientras sigues buscando tu reposo por el camino. También el poder perderte por esos andurriales de dios, sin luz para volver a la vereda…

Son cosas que en realidad pueden pasar, pero que con el paso de los días te das cuenta de que, siendo precavido, teniendo un poco de sentido común, son solo fantasmas que tú mismo creas. Las cosas, al final, suelen salir bien.
Las cosas con calma


Otra cosa sobre los ciclistas. La soledad no se ciñe solamente a los caminos. Se agarra a ti y te atrapa incluso en los albergues. No me refiero a que estés solo, claro que no (aunque puede pasar). Generalmente siempre encuentras a gente, de todo tipo y por lo general amable, integradora, con ganas de compartir y ayudar en lo posible. Cosa que, personalmente he comprobado, se acentúa más si vas solo. Pero, a parte de que mayoritariamente suelen ser extranjeros, con las distancias culturales y afectivas que nos separan, suelen ser grupos que, o han partido juntos, o bien son gentes que han salido solos, pero que han compartido horas o días de camino y albergues. Tú, como ciclista, llegas, conoces, compartes y te despides a diario. Así es muy difícil congeniar completamente con alguien, y cuando ocurre debes estar preparado para la despedida apresurada, y generalmente, no deseada. Te quedan ganas de seguir con ellos, compartir paisajes, cenas, risas, vivencias e historias…en definitiva, camino. Pero debes partir, y adelantarlos. Y te sientes solo, aunque debes enfocar que, igual más adelante, estarán otros. Como la vida misma. Porque el camino es, en verdad, pura vida.

Así, una de tantas veces, conocí a mi hermano Francisco.

Llegué al albergue de Oliva de Plasencia, agotado como siempre, después de haberme equivocado y haberme salido hasta Plasencia, que está fuera de la ruta. Al final, las cosas ocurren de la manera que ocurren, y esta vez agradezco que fuese así. Si no, igual me hubiese saltado este sitio y no hubiese conocido a este grupo de gente. Entre ellos, como digo, estaba Francisco.

Al llegar al lugar, fundido o lo siguiente, y empezar a hablar con la hospitalera, como siempre, me preguntó de que lugar era (cosas del acento). Ella dialogaba con un señor, que me observada desinteresadamente. Le dije que de Canarias, de La Gomera en particular, y entonces fue cuando tronó Francisco.

-¡Hombre, de La Gomera! ¡Eres mi hermano, estamos hermanados! Yo soy Francisco, y soy de Palos de La Frontera, de “Huerva”!

A partir de ahí comenzó una agradable conversación que concluyó con una petición por mi parte.

-Francisco, me gustaría pedirte un favor. Es que llevo muchos días cenando solo y me gustaría poder compartir cena con alguien, poder charlar un rato y…

-¡Hombre pero por favor!-Volvió a vocear Francisco-. Claro que puedes, te vienes conmigo y con mi compañero de habitación, y pon tus cosas con las nuestras que te quedas con nosotros que sobra una cama. Arriba hay más camas libres, pero roncan mucho- Me dijo socarronamente (el Fascinante y Horroroso Mundo de los Ronquidos nuevamente)

-Muchas gracias.

-¡De nada hombre! Para lo que haga falta. Somos hermanos.

De nuevo la hospitalidad de los que transitan los caminos. Te dejan sin habla, con las emociones a flor de piel. No sabía que decir, igual tantas horas solo me anulan el don de la palabra, o igual estas cosas, simplemente me superan.

Su compañero resultó ser un señor italiano muy agradable. Fuimos a cenar a las ocho, para mi es la hora de la merienda. Se nos unieron dos cántabros muy simpáticos, hablamos mucho, uno de ellos había estado en casi todas las islas, el otro en Tenerife. Cenamos en uno de los dos únicos bares del pueblo, puro bar de la España profunda, y Extremadura más profunda aún. Señores que discutían a plena voz cual gañanes, intentando comprar uno a otro una burra vete a saber con que intenciones (yo si las sé, las dijo en alto y se oyó hasta en Puerto Pajares), otros jugando a las cartas y casi agarrándose a darse piñas por un partido de fútbol.

Todo esto, debidamente oculto de miradas insidiosas de cualquier espectador, que no existía, por el omnipresente visillo, gran protagonista, entre otros, de los pueblos y puertas de la España rural.

Al terminar volvimos al bonito albergue, donde otro variopinto grupo cenaba tortilla con espárragos que habían recolectado por el camino.

Estuvimos charlando un buen rato, aunque siempre poco, haciéndonos fotos, durante una agradable velada. Estos condenados peregrinos tienen la (ponga aquí su palabra) costumbre de acostarse pronto y despertarse más pronto todavía. Para sufrimiento mío.

Frío y belleza en la dehesa :)
El día siguiente amaneció gélido. Todos partieron entre las seis y media y las siete. Ni jarto vino salgo yo a esa hora. Es malo para la salud de Soñadora e Igor.

Me levanté después de ellos partir, por lo que no pudimos despedirnos. Odio las despedidas. Mentira. Sabía que los alcanzaría por el camino, todos iban a ir al arco de Cáparra, a hacer fotos. Es un arco romano, y la Vía pasa por debajo. Desayuné, me puse casi toda la ropa que tenía y recé a los dioses si existen. Deben existir, porque pasé por la primera finca de toros bravos que me había encontrado, con mi flamante chubasquero recién estrenado color…rojo chillón. Y aquí sigo, ni toros, ni frío, ni agua ni nieve. Los dioses deben estar locos.

Arco de Cáparra
Me encontré con varios de ellos en el arco, nos hicimos fotos y nos despedimos. Una pareja belga flipaba con el frío que hacía, yo flipaba con que ellos flipasen, y a la vez moría lentamente y poquito a poquito…joder, Extremadura, primavera, y dos belgas tiritando. Surrealista.

Como canario acostumbrado al frío y las heladas que soy, tire pa´lante, ya sin dedos útiles en las manos, por uno de los lugares más bellos y espectaculares con que me he topado. Una dehesa verde e inmensa, con una cordillera nevada de fondo, en un marco de cielo azul primaveral, digno del mejor capítulo de Heidi. Discurría por un pasillo casi abovedado de encinas que me rozaban el casco. Allí, al final, encontré a Francisco y el señor italiano, pasando una verja. Los saludé, y pasé con ellos. Dos enormes toros bramaban desde lados opuestos del vallado, intentando demostrar, supongo, quién mandaba allí. Me hice algunas fotos con mi hermano de Huelva, e iba a disponerme a afrontar de nuevo la soledad del ciclista en la ruta. Sin embargo, esta vez sería diferente. Francisco me emplazó a volver a vernos algún día, me ofreció su casa en Palos de Frontera para cuando quisiese. Allí tendría a su hermano. Yo, por supuesto, ante tal grado de amabilidad y hospitalidad desinteresada no pude sino hacer lo mismo, y ofrecerme a hacer de guía y amigo si algún día iba a su isla hermana. Me dijo que lo haría, que tenía muchas ganas. Fue entonces cuando me contó algo que me hizo meditar mucho, aun lo hace. Estando en Tenerife en un viaje, no había podido visitar La Gomera. Recientemente había perdido un ser querido, y buscaba descansar con su familia, intentar salir delante de alguna manera. No olvidar, como bien me dijo y bien sé, porque eso se lleva dentro para siempre.

-Pero Él va aquí, conmigo. Camina a mi lado- Me soltó sin yo esperarlo. El corazón me dio tal vuelco que solo acerté a darle un abrazo y despedirme, deseándonos lo mejor y volver a vernos. Buen camino amigo.

“Va aquí, conmigo…” Las palabras se repetían…siempre pasa, igual soy muy insistente con esto, pero cuando algo te llega, en este lugar se magnifica.

“Va aquí, conmigo…” después de días de perros, enfermedades, calor y frío, inseguridades y muchas más cosas, llegué al fin de Extremadura con las alforjas más ligeras, me sentía mejor, optimista. Soñadora va perfecta, seguimos adelante sin incidentes graves. Y me pregunto: ¿acaso me acompañáis los dos? ¿Acaso ahora vuelas a  mi lado, dejando atrás aquellas maltrechas rodillas que no te dejaban moverte, mi señora? ¿Acaso corres tú, hermano mío, a través de estas tierras, vigilándome, buscando comigo el norte, y con ello ese Gran Azul que tanto amamos, y que te apartó de mi lado? Así lo siento yo ahora. Quizás son los síntomas de la soledad…

Bendita soledad