Son cosas que en realidad pueden pasar, pero que con el paso
de los días te das cuenta de que, siendo precavido, teniendo un poco de sentido
común, son solo fantasmas que tú mismo creas. Las cosas, al final, suelen salir
bien.
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| Las cosas con calma |
Otra cosa sobre los ciclistas. La soledad no se ciñe solamente a los caminos. Se agarra a ti y te atrapa incluso en los albergues. No me refiero a que estés solo, claro que no (aunque puede pasar). Generalmente siempre encuentras a gente, de todo tipo y por lo general amable, integradora, con ganas de compartir y ayudar en lo posible. Cosa que, personalmente he comprobado, se acentúa más si vas solo. Pero, a parte de que mayoritariamente suelen ser extranjeros, con las distancias culturales y afectivas que nos separan, suelen ser grupos que, o han partido juntos, o bien son gentes que han salido solos, pero que han compartido horas o días de camino y albergues. Tú, como ciclista, llegas, conoces, compartes y te despides a diario. Así es muy difícil congeniar completamente con alguien, y cuando ocurre debes estar preparado para la despedida apresurada, y generalmente, no deseada. Te quedan ganas de seguir con ellos, compartir paisajes, cenas, risas, vivencias e historias…en definitiva, camino. Pero debes partir, y adelantarlos. Y te sientes solo, aunque debes enfocar que, igual más adelante, estarán otros. Como la vida misma. Porque el camino es, en verdad, pura vida.
Así, una de tantas veces, conocí a mi hermano Francisco.
Llegué al albergue de Oliva de Plasencia, agotado como
siempre, después de haberme equivocado y haberme salido hasta Plasencia, que
está fuera de la ruta. Al final, las cosas ocurren de la manera que ocurren, y
esta vez agradezco que fuese así. Si no, igual me hubiese saltado este sitio y
no hubiese conocido a este grupo de gente. Entre ellos, como digo, estaba
Francisco.
Al llegar al lugar, fundido o lo siguiente, y empezar a
hablar con la hospitalera, como siempre, me preguntó de que lugar era (cosas
del acento). Ella dialogaba con un señor, que me observada desinteresadamente.
Le dije que de Canarias, de La
Gomera en particular, y entonces fue cuando tronó Francisco.
-¡Hombre, de La
Gomera ! ¡Eres mi hermano, estamos hermanados! Yo soy
Francisco, y soy de Palos de La
Frontera , de “Huerva”!
A partir de ahí comenzó una agradable conversación que
concluyó con una petición por mi parte.
-Francisco, me gustaría pedirte un favor. Es que llevo
muchos días cenando solo y me gustaría poder compartir cena con alguien, poder
charlar un rato y…
-¡Hombre pero por favor!-Volvió a vocear Francisco-. Claro
que puedes, te vienes conmigo y con mi compañero de habitación, y pon tus cosas
con las nuestras que te quedas con nosotros que sobra una cama. Arriba hay más
camas libres, pero roncan mucho- Me dijo socarronamente (el Fascinante y
Horroroso Mundo de los Ronquidos nuevamente)
-Muchas gracias.
-¡De nada hombre! Para lo que haga falta. Somos hermanos.
De nuevo la hospitalidad de los que transitan los caminos.
Te dejan sin habla, con las emociones a flor de piel. No sabía que decir, igual
tantas horas solo me anulan el don de la palabra, o igual estas cosas,
simplemente me superan.
Su compañero resultó ser un señor italiano muy agradable.
Fuimos a cenar a las ocho, para mi es la hora de la merienda. Se nos unieron
dos cántabros muy simpáticos, hablamos mucho, uno de ellos había estado en casi
todas las islas, el otro en Tenerife. Cenamos en uno de los dos únicos bares
del pueblo, puro bar de la
España profunda, y Extremadura más profunda aún. Señores que
discutían a plena voz cual gañanes, intentando comprar uno a otro una burra
vete a saber con que intenciones (yo si las sé, las dijo en alto y se oyó hasta
en Puerto Pajares), otros jugando a las cartas y casi agarrándose a darse piñas
por un partido de fútbol.
Todo esto, debidamente oculto de miradas insidiosas de
cualquier espectador, que no existía, por el omnipresente visillo, gran
protagonista, entre otros, de los pueblos y puertas de la España rural.
Al terminar volvimos al bonito albergue, donde otro variopinto
grupo cenaba tortilla con espárragos que habían recolectado por el camino.
Estuvimos charlando un buen rato, aunque siempre poco,
haciéndonos fotos, durante una agradable velada. Estos condenados peregrinos
tienen la (ponga aquí su palabra) costumbre de acostarse pronto y despertarse
más pronto todavía. Para sufrimiento mío.
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| Frío y belleza en la dehesa :) |
Me levanté después de ellos partir, por lo que no pudimos
despedirnos. Odio las despedidas. Mentira. Sabía que los alcanzaría por el
camino, todos iban a ir al arco de Cáparra, a hacer fotos. Es un arco romano, y
la Vía pasa por
debajo. Desayuné, me puse casi toda la ropa que tenía y recé a los dioses si
existen. Deben existir, porque pasé por la primera finca de toros bravos que me
había encontrado, con mi flamante chubasquero recién estrenado color…rojo
chillón. Y aquí sigo, ni toros, ni frío, ni agua ni nieve. Los dioses deben
estar locos.
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| Arco de Cáparra |
Como canario acostumbrado al frío y las heladas que soy,
tire pa´lante, ya sin dedos útiles en las manos, por uno de los lugares más
bellos y espectaculares con que me he topado. Una dehesa verde e inmensa, con
una cordillera nevada de fondo, en un marco de cielo azul primaveral, digno del
mejor capítulo de Heidi. Discurría por un pasillo casi abovedado de encinas que
me rozaban el casco. Allí, al final, encontré a Francisco y el señor italiano,
pasando una verja. Los saludé, y pasé con ellos. Dos enormes toros bramaban
desde lados opuestos del vallado, intentando demostrar, supongo, quién mandaba
allí. Me hice algunas fotos con mi hermano de Huelva, e iba a disponerme a
afrontar de nuevo la soledad del ciclista en la ruta. Sin embargo, esta vez
sería diferente. Francisco me emplazó a volver a vernos algún día, me ofreció
su casa en Palos de Frontera para cuando quisiese. Allí tendría a su hermano.
Yo, por supuesto, ante tal grado de amabilidad y hospitalidad desinteresada no
pude sino hacer lo mismo, y ofrecerme a hacer de guía y amigo si algún día iba
a su isla hermana. Me dijo que lo haría, que tenía muchas ganas. Fue entonces
cuando me contó algo que me hizo meditar mucho, aun lo hace. Estando en Tenerife
en un viaje, no había podido visitar La Gomera. Recientemente
había perdido un ser querido, y buscaba descansar con su familia, intentar
salir delante de alguna manera. No olvidar, como bien me dijo y bien sé, porque
eso se lleva dentro para siempre.
-Pero Él va aquí, conmigo. Camina a mi lado- Me soltó sin
yo esperarlo. El corazón me dio tal vuelco que solo acerté a darle un abrazo y
despedirme, deseándonos lo mejor y volver a vernos. Buen camino amigo.
“Va aquí, conmigo…” Las palabras se repetían…siempre pasa,
igual soy muy insistente con esto, pero cuando algo te llega, en este lugar se
magnifica.
“Va aquí, conmigo…” después de días de perros, enfermedades,
calor y frío, inseguridades y muchas más cosas, llegué al fin de Extremadura
con las alforjas más ligeras, me sentía mejor, optimista. Soñadora va perfecta,
seguimos adelante sin incidentes graves. Y me pregunto: ¿acaso me acompañáis
los dos? ¿Acaso ahora vuelas a mi lado,
dejando atrás aquellas maltrechas rodillas que no te dejaban moverte, mi señora?
¿Acaso corres tú, hermano mío, a través de estas tierras, vigilándome, buscando
comigo el norte, y con ello ese Gran Azul que tanto amamos, y que te apartó de
mi lado? Así lo siento yo ahora. Quizás son los síntomas de la soledad…




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