domingo, 19 de mayo de 2013

Islas y hermanamientos




La Ruta de La Plata transcurre por lugares de ensueño. Y la primavera se encarga de hacerla más fascinante aún. Si bien la calzada propiamente dicha se deja ver en contadas ocasiones como tal, (esto es, una vía romana empedrada, de esas de cuentos y películas) el resto del paisaje es un deleite. Desde dehesas cuajadas de flores, alcornoques inmensos, encinares, zonas de pastos a día de hoy llenos de hierba que llega a los hombros, campos de cultivo de todo tipo, vides, zonas de montaña con nieve aún en mayo, multitud, cientos de riachuelos helados (que por cierto, habitualmente hay que sortear), pantanos tan grandes como mares, zonas inundadas formando marismas como espejos, donde todo tipo de aves viven ajenos a los que por allí pasamos…en fin, simplemente algo grandioso, espectacular. No obstante, no todo es tan agradable. Como ya dije anteriormente, el propio camino mucha veces pasa de ser una pista de tierra perfectamente llana y apisonada, a una vía un poco más complicada pero aún agradable para una bici, y de ahí a un camino apto para andar pero complicado para bici y así….hasta que te encuentras con auténticas trialeras de piedra rota y afilada, zonas inundadas, barro intransitable, vadeos de ríos casi imposibles…o la propia carretera N-630, algunas veces salvadora, otras una tortura. Todo esto es salvable, si no, no podría contarlo. Pero hay otra cosa que podría ser peor en caso de no ser tolerada. Y es la soledad. La Vía de La Plata, sobre todo desde Sevilla hasta Mérida o incluso Cáceres, es muy solitaria. Nada que ver con los caminos del norte, según me han contado. Las circunstancias de por qué es así son muchas (pueblos muy distanciados entre sí, muy extremo en cuanto a temperaturas, paisajes más monótonos [en mi caso no me lo parecen], menos fama, más kilómetros, menos infraestructuras, en principio no era camino a Santiago sino una vía romana de comercio norte-sur, etc), y todo esto hace que puedas pasar muchos kilómetros y horas sin ver a nadie. Por lo tanto, tienes mucho tiempo para pensar, que puede ser bueno. Pero también puede ser malo. En caso de ir en bici  solo esto se acentúa. El miedo a caerte, a romper algo, enfermar, cualquier cosa. Con calor o frío extremo (he pasado por las dos cosas), la cabeza juega malas pasadas, que hay que controlar. Es fácil encontrarte pensando en un golpe de calor y solo en medio de la nada, o que anochezca con frío intenso mientras sigues buscando tu reposo por el camino. También el poder perderte por esos andurriales de dios, sin luz para volver a la vereda…

Son cosas que en realidad pueden pasar, pero que con el paso de los días te das cuenta de que, siendo precavido, teniendo un poco de sentido común, son solo fantasmas que tú mismo creas. Las cosas, al final, suelen salir bien.
Las cosas con calma


Otra cosa sobre los ciclistas. La soledad no se ciñe solamente a los caminos. Se agarra a ti y te atrapa incluso en los albergues. No me refiero a que estés solo, claro que no (aunque puede pasar). Generalmente siempre encuentras a gente, de todo tipo y por lo general amable, integradora, con ganas de compartir y ayudar en lo posible. Cosa que, personalmente he comprobado, se acentúa más si vas solo. Pero, a parte de que mayoritariamente suelen ser extranjeros, con las distancias culturales y afectivas que nos separan, suelen ser grupos que, o han partido juntos, o bien son gentes que han salido solos, pero que han compartido horas o días de camino y albergues. Tú, como ciclista, llegas, conoces, compartes y te despides a diario. Así es muy difícil congeniar completamente con alguien, y cuando ocurre debes estar preparado para la despedida apresurada, y generalmente, no deseada. Te quedan ganas de seguir con ellos, compartir paisajes, cenas, risas, vivencias e historias…en definitiva, camino. Pero debes partir, y adelantarlos. Y te sientes solo, aunque debes enfocar que, igual más adelante, estarán otros. Como la vida misma. Porque el camino es, en verdad, pura vida.

Así, una de tantas veces, conocí a mi hermano Francisco.

Llegué al albergue de Oliva de Plasencia, agotado como siempre, después de haberme equivocado y haberme salido hasta Plasencia, que está fuera de la ruta. Al final, las cosas ocurren de la manera que ocurren, y esta vez agradezco que fuese así. Si no, igual me hubiese saltado este sitio y no hubiese conocido a este grupo de gente. Entre ellos, como digo, estaba Francisco.

Al llegar al lugar, fundido o lo siguiente, y empezar a hablar con la hospitalera, como siempre, me preguntó de que lugar era (cosas del acento). Ella dialogaba con un señor, que me observada desinteresadamente. Le dije que de Canarias, de La Gomera en particular, y entonces fue cuando tronó Francisco.

-¡Hombre, de La Gomera! ¡Eres mi hermano, estamos hermanados! Yo soy Francisco, y soy de Palos de La Frontera, de “Huerva”!

A partir de ahí comenzó una agradable conversación que concluyó con una petición por mi parte.

-Francisco, me gustaría pedirte un favor. Es que llevo muchos días cenando solo y me gustaría poder compartir cena con alguien, poder charlar un rato y…

-¡Hombre pero por favor!-Volvió a vocear Francisco-. Claro que puedes, te vienes conmigo y con mi compañero de habitación, y pon tus cosas con las nuestras que te quedas con nosotros que sobra una cama. Arriba hay más camas libres, pero roncan mucho- Me dijo socarronamente (el Fascinante y Horroroso Mundo de los Ronquidos nuevamente)

-Muchas gracias.

-¡De nada hombre! Para lo que haga falta. Somos hermanos.

De nuevo la hospitalidad de los que transitan los caminos. Te dejan sin habla, con las emociones a flor de piel. No sabía que decir, igual tantas horas solo me anulan el don de la palabra, o igual estas cosas, simplemente me superan.

Su compañero resultó ser un señor italiano muy agradable. Fuimos a cenar a las ocho, para mi es la hora de la merienda. Se nos unieron dos cántabros muy simpáticos, hablamos mucho, uno de ellos había estado en casi todas las islas, el otro en Tenerife. Cenamos en uno de los dos únicos bares del pueblo, puro bar de la España profunda, y Extremadura más profunda aún. Señores que discutían a plena voz cual gañanes, intentando comprar uno a otro una burra vete a saber con que intenciones (yo si las sé, las dijo en alto y se oyó hasta en Puerto Pajares), otros jugando a las cartas y casi agarrándose a darse piñas por un partido de fútbol.

Todo esto, debidamente oculto de miradas insidiosas de cualquier espectador, que no existía, por el omnipresente visillo, gran protagonista, entre otros, de los pueblos y puertas de la España rural.

Al terminar volvimos al bonito albergue, donde otro variopinto grupo cenaba tortilla con espárragos que habían recolectado por el camino.

Estuvimos charlando un buen rato, aunque siempre poco, haciéndonos fotos, durante una agradable velada. Estos condenados peregrinos tienen la (ponga aquí su palabra) costumbre de acostarse pronto y despertarse más pronto todavía. Para sufrimiento mío.

Frío y belleza en la dehesa :)
El día siguiente amaneció gélido. Todos partieron entre las seis y media y las siete. Ni jarto vino salgo yo a esa hora. Es malo para la salud de Soñadora e Igor.

Me levanté después de ellos partir, por lo que no pudimos despedirnos. Odio las despedidas. Mentira. Sabía que los alcanzaría por el camino, todos iban a ir al arco de Cáparra, a hacer fotos. Es un arco romano, y la Vía pasa por debajo. Desayuné, me puse casi toda la ropa que tenía y recé a los dioses si existen. Deben existir, porque pasé por la primera finca de toros bravos que me había encontrado, con mi flamante chubasquero recién estrenado color…rojo chillón. Y aquí sigo, ni toros, ni frío, ni agua ni nieve. Los dioses deben estar locos.

Arco de Cáparra
Me encontré con varios de ellos en el arco, nos hicimos fotos y nos despedimos. Una pareja belga flipaba con el frío que hacía, yo flipaba con que ellos flipasen, y a la vez moría lentamente y poquito a poquito…joder, Extremadura, primavera, y dos belgas tiritando. Surrealista.

Como canario acostumbrado al frío y las heladas que soy, tire pa´lante, ya sin dedos útiles en las manos, por uno de los lugares más bellos y espectaculares con que me he topado. Una dehesa verde e inmensa, con una cordillera nevada de fondo, en un marco de cielo azul primaveral, digno del mejor capítulo de Heidi. Discurría por un pasillo casi abovedado de encinas que me rozaban el casco. Allí, al final, encontré a Francisco y el señor italiano, pasando una verja. Los saludé, y pasé con ellos. Dos enormes toros bramaban desde lados opuestos del vallado, intentando demostrar, supongo, quién mandaba allí. Me hice algunas fotos con mi hermano de Huelva, e iba a disponerme a afrontar de nuevo la soledad del ciclista en la ruta. Sin embargo, esta vez sería diferente. Francisco me emplazó a volver a vernos algún día, me ofreció su casa en Palos de Frontera para cuando quisiese. Allí tendría a su hermano. Yo, por supuesto, ante tal grado de amabilidad y hospitalidad desinteresada no pude sino hacer lo mismo, y ofrecerme a hacer de guía y amigo si algún día iba a su isla hermana. Me dijo que lo haría, que tenía muchas ganas. Fue entonces cuando me contó algo que me hizo meditar mucho, aun lo hace. Estando en Tenerife en un viaje, no había podido visitar La Gomera. Recientemente había perdido un ser querido, y buscaba descansar con su familia, intentar salir delante de alguna manera. No olvidar, como bien me dijo y bien sé, porque eso se lleva dentro para siempre.

-Pero Él va aquí, conmigo. Camina a mi lado- Me soltó sin yo esperarlo. El corazón me dio tal vuelco que solo acerté a darle un abrazo y despedirme, deseándonos lo mejor y volver a vernos. Buen camino amigo.

“Va aquí, conmigo…” Las palabras se repetían…siempre pasa, igual soy muy insistente con esto, pero cuando algo te llega, en este lugar se magnifica.

“Va aquí, conmigo…” después de días de perros, enfermedades, calor y frío, inseguridades y muchas más cosas, llegué al fin de Extremadura con las alforjas más ligeras, me sentía mejor, optimista. Soñadora va perfecta, seguimos adelante sin incidentes graves. Y me pregunto: ¿acaso me acompañáis los dos? ¿Acaso ahora vuelas a  mi lado, dejando atrás aquellas maltrechas rodillas que no te dejaban moverte, mi señora? ¿Acaso corres tú, hermano mío, a través de estas tierras, vigilándome, buscando comigo el norte, y con ello ese Gran Azul que tanto amamos, y que te apartó de mi lado? Así lo siento yo ahora. Quizás son los síntomas de la soledad…

Bendita soledad








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