Un
camino. Algunas veces duro, otras veces más benévolo. Tierra, albero, arenas
sueltas, asfalto monótono, piedras, afiladas unas veces, cantos rodados otras. Cualquiera
que fuera el escenario, el marco siempre era el mismo. Flores. Miles, millones.
Un gúgol de flores.
Por todos lados asomaban, formando grupos, en cunetas de
carreteras y pistas, formando pasillos auténticos donde me sentía un rey
entrando en sus dominios. En laderas y planicies, formando borduras en
riachuelos, o colgando de taludes. Por todos lados.
Y con cada flor, un color.
Y con cada color, un olor. Y con cada olor un recuerdo. Porque no hay nada que
evoque más un recuerdo que un olor. Sea sutil o fuerte, agrio o dulce, fuerte o
ligero, al pensamiento llegan los recuerdos al instante. Eso hace que el camino
se transforme en un deleite de sensaciones, los olores trasportan como nada a
otros tiempos, mejores y peores. En mi caso siempre mejores, quizás mi cerebro
sea algo selectivo, y se lo agradezco. Experimentar lugares tan bonitos,
solitarios, y a la vez retroceder a lugares y momentos ya pasados, por medio de
tantos aromas, es algo impagable, por muy trillado que suene. Incluso una
mierda de vaca tiene su encanto aromático, si tienes buenos recuerdos del
momento en que olfateaste la boñiga. Además de estos, el olor del musgo, la
tierra mojada después de la lluvia, la madera recién cortada o el humo de la
leña acompañan muchas veces, lo que hace que todo sea mucho más onírico, cuando
el cansancio o la preocupación por no perderte dejan tiempo a los placeres, que
es en realidad lo que buscas cuando haces un viaje así. Supongo.
También,
aunque en mi caso en menor medida, los sonidos pueden transportarte de manera
semejante a los olores. ¿Quién no tiene una canción que evoque momentos más o
menos dulces de su vida? En mi caso, y casi desde mi salida hasta muy al norte,
el sonido que me acompañó constantemente es el de un pájaro peculiar. El cuco.
Esquivo a mi vista, oculto entre encinas y alcornoques por el sur, robles,
chopos y eucaliptos más al norte, su particular sonido, tan bien imitado por
los relojes que toman su nombre, me devuelve a un momento que no recuerdo,
salvo cuando oigo a esta particular ave: mis primeros años de vida y la casa de
mi abuela, en Mérida. No recuerdo nada más, ni su imagen, ni la casa, nada.
Solo el sonido y ese momento, es difícil de explicar. Al igual que estos
lugares me recuerdan la primera vez que olí un río, el Guadiana, prácticamente
en la misma época. Todo imposible de plasmar en palabras, por eso es tan
mágico. Como este viaje.
PS:
Una último apunte referente a las flores; como diría mi amigo Katsumoto, podrías pasarte la vida buscando la flor
perfecta y no habrías desperdiciado ni un solo momento. TODAS son perfectas. :)
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