lunes, 6 de mayo de 2013

A 80 CÉNTIMOS…



80 céntimos, 80 céntimos, 80 céntimos…. Esas palabras retumbaban como un eco absurdo en mi cabeza, durante buena parte del camino.

Entré en Cazadilla de Los Barros creo recordar, después de una noche de pesadilla, deshidratado, cada momento peor, la enfermedad no me abandonaba, al revés, cada vez me acompañaba más, ya éramos íntimos. El ambiente era festivo, comuniones creo recordar en la niebla que perturbaba mi mente. Buscaba una tiendecita donde  poder reponer líquidos, el jodido calor y los vómitos me hicieron beberme hasta la última gota de todo lo que tenía.

Encontré una venta de las de antes. Los niños se arremolinaban en torno al mostrador, donde un alegre señor cantaba las chucherías que tenía, lo que se llevaba cada uno y su precio. Era más un juego que una venta de productos, algo que había visto en alguna peli y que en cierta manera me recordaba a mi niñez, aunque no exactamente igual.

Entré, aturdido pero con una sonrisa al ver a los niños tan alegres con aquel ritual que supuse realizaban cada fin de semana. Con que poco son felices. Una amable señora me atendió

-¿Qué desea?-me disparó la señora. Me cuesta acostumbrarme a que me traten de usted, pero tengo una edad, supongo, y una barba del carajo, y una cara de zombie que por poco no me deja a la altura de ilustrísimo.
-Un aquarius por favor-le rogué más que pedí.- Si tiene usted, claro.
-Claro que sí. Y fresquito.

La señora me trajo el refresco con cara de satisfacción, siempre sonriente. No sé si era la alegría de los niños y el señor, contagiosa a más no poder, o ver mi aspecto. Vete a saber.

-Muchas gracias. Dígame que le debo.
-80 céntimos- Cantó ella tan alegre.
-¿80 céntimos?-Mi cara de perplejidad debería ser de absoluta, pues ella sonrió aún más. Llevaba varios días por Madrid, otros tantos por Sevilla y algunos años por Canarias, y ya ni recuerdo cuando un aquarius había bajado de un euro en un local que no fuese una gran superficie comercial. Un euro, o mucho más.

-Sí, 80 céntimos. Es que aquí vienen muchos niños, y no me gusta cobrarles mucho.

Esa muestra de sinceridad, que podría haberse ahorrado conmigo, me dejó seco. Más seco aún. La señora, muy coloradita y regordeta ella, no parecía estar pasando penurias por tener sus productos a precios razonables. Me hizo pensar muchas cosas, aunque solo alcancé a decirle:

-Deberían haber muchas más personas como usted.
-Gracias, una es como es y ya está.
-Hasta luego y buen día.

-Buen camino.

Además, de honestidad, la buena señora demostraba humildad. Las palabras me siguieron acompañando  durante muchos kilómetros: 80céntimos, 80céntimos, 80céntimos….

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