80 céntimos, 80 céntimos, 80 céntimos…. Esas palabras retumbaban como
un eco absurdo en mi cabeza, durante buena parte del camino.
Entré en Cazadilla de Los Barros creo recordar, después de una noche
de pesadilla, deshidratado, cada momento peor, la enfermedad no me abandonaba,
al revés, cada vez me acompañaba más, ya éramos íntimos. El ambiente era
festivo, comuniones creo recordar en la niebla que perturbaba mi mente. Buscaba
una tiendecita donde poder reponer
líquidos, el jodido calor y los vómitos me hicieron beberme hasta la última
gota de todo lo que tenía.
Encontré una venta de las de antes. Los niños se arremolinaban en
torno al mostrador, donde un alegre señor cantaba las chucherías que tenía, lo
que se llevaba cada uno y su precio. Era más un juego que una venta de
productos, algo que había visto en alguna peli y que en cierta manera me
recordaba a mi niñez, aunque no exactamente igual.
Entré, aturdido pero con una sonrisa al ver a los niños tan alegres
con aquel ritual que supuse realizaban cada fin de semana. Con que poco son
felices. Una amable señora me atendió
-¿Qué desea?-me disparó la señora. Me cuesta acostumbrarme a que me
traten de usted, pero tengo una edad, supongo, y una barba del carajo, y una
cara de zombie que por poco no me deja a la altura de ilustrísimo.
-Un aquarius por favor-le rogué más que pedí.- Si tiene usted, claro.
-Claro que sí. Y fresquito.
La señora me trajo el refresco con cara de satisfacción, siempre
sonriente. No sé si era la alegría de los niños y el señor, contagiosa a más no
poder, o ver mi aspecto. Vete a saber.
-Muchas gracias. Dígame que le debo.
-80 céntimos- Cantó ella tan alegre.
-¿80 céntimos?-Mi cara de perplejidad debería ser de absoluta, pues
ella sonrió aún más. Llevaba varios días por Madrid, otros tantos por Sevilla y
algunos años por Canarias, y ya ni recuerdo cuando un aquarius había bajado de
un euro en un local que no fuese una gran superficie comercial. Un euro, o
mucho más.
-Sí, 80 céntimos. Es que aquí vienen muchos niños, y no me gusta
cobrarles mucho.
Esa muestra de sinceridad, que podría haberse ahorrado conmigo, me
dejó seco. Más seco aún. La señora, muy coloradita y regordeta ella, no parecía
estar pasando penurias por tener sus productos a precios razonables. Me hizo
pensar muchas cosas, aunque solo alcancé a decirle:
-Deberían haber muchas más personas como usted.
-Gracias, una es como es y ya está.
-Hasta luego y buen día.
-Buen camino.
Además, de honestidad, la buena señora demostraba humildad. Las
palabras me siguieron acompañando
durante muchos kilómetros: 80céntimos, 80céntimos, 80céntimos….
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