Me tostaba bajo un sol implacable e inhabitual por el mes de abril a
través de carreteras extremeñas. La dehesa me arropaba con un susurro de
quietud, los buitres formaban círculos, quizás oliendo mi próximo fin, enfermo,
dolorido, achicharrado, sin fuerzas...
Subía una pista a las, calculo, tres de la tarde de un abril
calenturiento de Extremadura, que puede ser calenturiento en verdad. Uno suele
pensar que Extremadura es una gran extensión, una tremenda planicie sin subidas
ni bajadas...mis cojines. A las 3 de la tarde y con 35 grados, cada ondulación
del terreno es el Tourmalet. Y aquí las hay a patadas. Ir cargado como un mulo
por pistas reventadas por las últimas lluvias tampoco ayuda. En fin...
Enfilaba una de esos tremendos toboganes tan típicos aquí, cuando
visualicé a varios trabajadores del campo, primera gente que veía en horas.
Ellos estaban en su labor, yo estaba en trance, sin ganas de pararme a hablar
ni preguntar, ni parar. Ante mi impresionante aproximación, mi imparable
pedalear y una densa polvareda que dejaba atrás (todo mentira), uno de los susodichos levantó su cabeza de la
faena:
-¡¡¡¡Achooooo, ponhle un motóoooo a la bijicleta, pa la
cuejhtaaaaa!!!!!...
- Soñadora -pensé-, creo que ya no estamos es Kansas.
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