Me acercaba al pueblo Extremeño de Cañaveral, navegando por
un mar de altas jaras que formaban un
| Subida al puerto de Los Castaños |
pasillo muy curioso. Un auténtico mar de flores adornaba una
impresionante selva compuesta por esta planta, y me imaginaba que un igualmente
impresionante polvorín se formaría allí en cuanto éstas empezasen a secarse.
Mientras bajaba por un precioso y no muy apto sendero, entre
roca caliza desgastada y gris, pensaba en el encuentro que había tenido con un
ciclista unos kilómetros atrás. Me contó no sé qué paranoia sobre duendes, caminos
perdidos, Sudamérica, casualidades y sueños. Y fruta. Creí que igual se había pasado con
los brownis aderezados con sustancias raras, así que no le hice mucho caso y
continué mi camino.
Cañaveral era el sitio donde tenía planeado pasar la noche,
pero, casualidad, no tenía albergue desde hacía dos años. Así que decidí no
pagar un hotel que se iba a aprovechar de mi necesidad y continué hacia el
siguiente pueblo, por un sendero cuyas empinadas cuestas parecían querer
colgarse de las nubes. Se llamaba Grimaldo, según me dijeron, un pueblito o
aldea de unos ochenta habitantes. Yo creo que ocho les haría más justicia.
| Culito de Soñadora |
Después de perderme varias veces por un bosque de pinos
entre ríos, riachuelos y verjas varias, alcancé el albergue. Una antigua casa de maestros rehabilitada, en
ella experimenté por primera vez la sensación de ser un peregrino, de
transportarme a otras épocas. Pequeñito y bastante espartano, sin embargo todo
lo que esperaba y buscaba. Lo que siempre imaginé.
| Fuertegrimaldo |
Conocí al dueño del bar inevitablemente adosado al albergue,
que se ofreció a guardarme la bici. Mientras conversaba con su hijo tomando un
refresco, se acercó un señor mayor. Conversábamos sobre el tiempo. Hacía calor
pero el tiempo cambiaba rápidamente, los
cuatro o cinco días de bochorno continuados desde que salí de Sevilla iban a
ser abruptamente interrumpidos por frío, lluvia y nieve hasta el final de mi
escapada. Pero esta es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.
Después de un rato de charla, el señor mayor me abordó.
-Hace un par de días estuve hablando con un canario. Si, un
señor de unos cincuenta años, hablamos sobre los pimientos picantes y dulces.
Muy agradable, sí señor.
-Ah, mira, que casualidad-contesté alegre de la coincidencia
y de la charla.
-Sí, te llevará unos 3 días de ventaja, pero va a pié, igual
lo pillas. De La Gomera era…
Me hubiese gustado ver mi cara. ¿Otro gomero en un sitio tan
lejano, casi a la vez en el tiempo, hablando con las mismas personas, haciendo
la misma cosa? La casualidad me alcanzaba de nuevo, mientras fuera las nubes
hacían reunión sobre nuestras cabezas.
-Señor, creo que se equivoca. Igual me oyó decir que era de
allí, pero el gomero soy yo.
-No, ese señor tenía más edad, y era de La Gomera, hablamos
mucho rato sobre cultivos y pimientos…
¡Jodidos pimientos! Estaba atónito. ¿Cómo podía ser tanta
casualidad? Decidí ir en su busca desde el día siguiente. Tenía que saber quién
era, como podía haber un loco tan grande, venir desde tan lejos a caminar solo
por estos solitarios caminos. Que falta de juicio. Casualidades, casualidades, casualidades...Así que, a partir de ese día preguntaría en
todos los albergues y oficinas de turismo por semejante insensato.
| Apoteósica y memorable entrada a Grimaldo :P |
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