miércoles, 5 de junio de 2013

Sucesos. ¿Casualidad o causalidad?




Me acercaba al pueblo Extremeño de Cañaveral, navegando por un mar de altas jaras que formaban un
Subida al puerto de Los Castaños
pasillo muy curioso.  Un auténtico mar de flores adornaba una impresionante selva compuesta por esta planta, y me imaginaba que un igualmente impresionante polvorín se formaría allí en cuanto éstas empezasen a secarse.
Mientras bajaba por un precioso y no muy apto sendero, entre roca caliza desgastada y gris, pensaba en el encuentro que había tenido con un ciclista unos kilómetros atrás. Me contó no sé qué paranoia sobre duendes, caminos perdidos, Sudamérica, casualidades y sueños. Y fruta. Creí que igual se había pasado con los brownis aderezados con sustancias raras, así que no le hice mucho caso y continué mi camino.


Cañaveral era el sitio donde tenía planeado pasar la noche, pero, casualidad, no tenía albergue desde hacía dos años. Así que decidí no pagar un hotel que se iba a aprovechar de mi necesidad y continué hacia el siguiente pueblo, por un sendero cuyas empinadas cuestas parecían querer colgarse de las nubes. Se llamaba Grimaldo, según me dijeron, un pueblito o aldea de unos ochenta habitantes. Yo creo que ocho les haría más justicia.


Culito de Soñadora




Después de perderme varias veces por un bosque de pinos entre ríos, riachuelos y verjas varias, alcancé el albergue.  Una antigua casa de maestros rehabilitada, en ella experimenté por primera vez la sensación de ser un peregrino, de transportarme a otras épocas. Pequeñito y bastante espartano, sin embargo todo lo que esperaba y buscaba. Lo que siempre imaginé.
Fuertegrimaldo

Conocí al dueño del bar inevitablemente adosado al albergue, que se ofreció a guardarme la bici. Mientras conversaba con su hijo tomando un refresco, se acercó un señor mayor. Conversábamos sobre el tiempo. Hacía calor pero el tiempo cambiaba rápidamente,  los cuatro o cinco días de bochorno continuados desde que salí de Sevilla iban a ser abruptamente interrumpidos por frío, lluvia y nieve hasta el final de mi escapada. Pero esta es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.
Después de un rato de charla, el señor mayor me abordó.
-Hace un par de días estuve hablando con un canario. Si, un señor de unos cincuenta años, hablamos sobre los pimientos picantes y dulces. Muy agradable, sí señor.
-Ah, mira, que casualidad-contesté alegre de la coincidencia y de la charla.
-Sí, te llevará unos 3 días de ventaja, pero va a pié, igual lo pillas. De La Gomera era…
Me hubiese gustado ver mi cara. ¿Otro gomero en un sitio tan lejano, casi a la vez en el tiempo, hablando con las mismas personas, haciendo la misma cosa? La casualidad me alcanzaba de nuevo, mientras fuera las nubes hacían reunión sobre nuestras cabezas.
-Señor, creo que se equivoca. Igual me oyó decir que era de allí, pero el gomero soy yo.
-No, ese señor tenía más edad, y era de La Gomera, hablamos mucho rato sobre cultivos y pimientos…

¡Jodidos pimientos! Estaba atónito. ¿Cómo podía ser tanta casualidad? Decidí ir en su busca desde el día siguiente. Tenía que saber quién era, como podía haber un loco tan grande, venir desde tan lejos a caminar solo por estos solitarios caminos. Que falta de juicio.  Casualidades, casualidades, casualidades...Así que, a partir de ese día preguntaría en todos los albergues y oficinas de turismo por semejante insensato.
Apoteósica y memorable entrada a Grimaldo :P


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