domingo, 16 de junio de 2013

Momentos mágicos



El frío azotaba mi cara; el viento, la nieve, la lluvia y el granizo me acompañaban desde hacía días, aunque los buenos momentos que pasaría en albergues como el de Fuenterroble, con el padre Blas y compañía hacían que cualquier cosa valiese la pena. Entrañable lugar éste, el más auténtico de todos los albergues, el más parecido a lo que me imaginación había estructurado en la lavadora que tengo por cerebro antes de llegar a estos lugares.
Llegué a él después de una terrible subida al precioso puerto de Béjar, donde una auténtica ventisca amenazó con dejarme sin dedos, nariz y orejas. Una gasolinera me salvó el pellejo. En realidad el café con leche que allí tomé y los guantes de obra que pude comprar para salvar un poco las tremendas condiciones con las que me estaba recibiendo Castilla y León.  La sierra de ¿¿ ¿?? Es un lugar precioso, difícil de ubicar donde uno imagina planicies y más planicies, cosas del desconocimiento de la topografía de estas dos comunidades,  las grandes olvidadas podría decirse.
Como cerca del camino me quedaba Guijuelo, decidí desviarme en medio del Apocalipsis, a probar algo de sus famosos jamones. Obviamente me perdí, me congelé, y como siempre, alguien acudió en mi ayuda. Conseguí llegar a Béjar, donde por supuesto después de haberme nevado, granizado y llovido, la oficina turismo estaba cerrada. Lo cual significaba que tenía que recorrer  toda la ciudad (con sus importantes cuestas) debajo del diluvio hasta el ayuntamiento, rezando para que no cerrasen, ya que eran casi las dos de la tarde. Aquí me ocurrió uno de esos momentos que quedan grabados, que merecen todo lo que ocurra en cuanto a incomodidades, porque al final reconfortan y dan sentido a todo esto.
Llegué escurriendo y entumido de frío al ayuntamiento, y me  colé sin miramientos buscando un poco de calefacción que me secara y me diera un poco de vida en brazos piernas y cara.  Aguardé  y  rateé un poco en la cola que había para hablar con los funcionarios,  dejando que algunos se me colaran con tal de estarme un rato más adentro y así secarme,  mientras pensaba que decir para alargar en lo posible la conversación con la misma intención. Pero un policía municipal no tenía las mismas intenciones.
-Hola buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
Vaya, me había estropeado en parte el plan, supongo que vio en mi cara mucha necesidad.
-Buenos días, por decir algo. La verdad es que espero que sí pueda ayudarme. Buscaba información sobre Béjar, y también sobre las carreteras de salida hacia el norte-. Tanto estudio previo y no supe que más decir. El frío congelaba mis neuronas.
-Estás haciendo la Ruta de La Plata-afirmó más que preguntó-. Te habrá caído la de dios. Pasa por aquí y miramos a ver en qué puedo ayudarte, y luego si tienes hambre te voy a llevar a un sitio donde por un euro podrás comer pizza recién hecha.
Estaba bastante estupefacto. Tanta amabilidad, por parte de un policía y sin casi solicitárselo me resultaba muy extraño y reconfortante. Está claro que un viajero solo y en dificultades despierta compasión. Sigue habiendo buena gente en el mundo.
Ana y mi café con leche :) Mil gracias
Repasamos unos mapas tremendos que tenían guardados en el ayuntamiento, el amable policía los rescató de una pared en obras. Eran mucho más de lo que yo necesitaba, a la par que inmensos, por lo que no podía (ni creo que me dejaran) cargar con ellos, así que acepté un folleto bastante más pequeño, e intenté memorizar en lo que pude carreteras y caminos hasta el siguiente pueblo. A continuación, mi amable benefactor se ofreció a llevarme a una tiendita donde una amiga suya acababa de hornear una pizza de dimensiones colosales, para poder así comer algo y calentar el cuerpo. Me quedaba aun un buen tramo de lluvia, cuestas y frío hasta Fuenterroble.
-Es aquí. Espera que la aviso. ¡Ana! Dale un trozo de pizza de esa tan buena al amigo ciclista, que viene de muy lejos. Venga, pasa que yo te vigilo la bici, come sin prisas.
…El tipo se quedaba afuera vigilándome a Soñadora. No me lo podía creer. Claro, ante una belleza como esa, tan noble y valiente, cualquiera, pensé. Querrá ligar. Pero ella me es fiel, seguro.
-Muchas gracias,  pero no es necesario.  No creo que pase nada, menos con este tiempo. ¿Quién querría montar en bici un día como hoy? “Solo los pirados”
-Insisto. Come con tranquilidad, que yo me quedo afuera.
-Muchas gracias. Eres muy amable, disculpa si ofendo, pero no es común entre los de tu gremio este tipo de atenciones-.  Quizá sobró el comentario, pero así han sido mis experiencias. O habían sido, hasta estos días.  El tipo sonrió. Su mirada de complicidad decía que me entendía.
-No puedo responder por lo que hacen los demás, pero yo en lo que pueda, siempre ayudaré a el que pueda necesitarlo.
Entré en la tiendita, pequeñita. Ana, la dueña me atendió maravillosamente bien. Hablamos de lo difícil que eran estos tiempos, en especial para los negocios como el de ella. Le comenté que era la tónica que me iba encontrando en todos los pueblos de sur a norte. Al poco de comerme el maravilloso y generoso trozo de pizza  al horno (que repetí) apareció su pareja Pepe. Estuvimos hablando de todo un poco, les conté mi odisea del día.
-Vaya hombre. Si llega a ser hace un rato, que me vine de casa, te hubiese regalado mis guantes. Están sin usar casi, te hacen más falta que a mí. Una lástima. Pero deja que te invitemos a un café con leche y unas roscas. Están recién hechas.
Otra muestra de ¿cómo llamarlo? Amabilidad, generosidad, no sé. Ana se metió en su casa a hacer café solo para mí, Pepe me daba las roscas y yo no sabía cómo agradecerlo.  Solo desde aquí, recordándolo y desde dentro de mí, para siempre.
Salí de allí encantado, lleno, no sé cómo explicarlo. Joder, es una sensación cojonuda, por mucho que se repita. El amable policía de Béjar me acompañó a la salida, y me explicó el recorrido. Le agradecía unas cincuenta veces más por todo, y partí. Aunque antes, con mis dedos agarrotados por el frío, destrocé mi cámara de fotos. Daba igual. Había llamado al padre Blas, hospitalero del albergue de Fuenterroble, para preguntar si tenía plaza libre, aunque iba a llegar un poco tarde.
-Claro que si, sin problema. Tú tienes plaza siempre, en mi alma y mi corazón.
Se me escapó una sonrisa.
-Pues voy pa allá como un tiro.
¿Cómo coño me iba a importar una jodida cámara ante un día como ese?
El generoso amigo Pepe

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